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Jueves, 22 de octubre de 2026
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66 centímetros de fantasías: la historia de Chiquita
Gustavo Ferrari Wolfenson
Opinión · Por lo menos así lo veo yo

66 centímetros de fantasías: la historia de Chiquita

Gustavo Ferrari WolfensonColumnista4 min de lectura0 vistas
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Tribuna de Opinión

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La lectura es uno de mis pasatiempos preferidos, una pasión que en gran medida le debo a mi madre, quien a lo largo de su vida tuvo el maravilloso hábito de acercarme libros exactos en los momentos indicados. Ella poseía esa intuición única para descubrir textos fascinantes y convertirlos en el puente perfecto para nuestras conversaciones a la distancia o fueran la compañía ideal para mis días.

Antes de partir de Buenos Aires hace unos meses, encontré un libro que mi madre me regaló tiempo antes de fallecer señalándome en breves palabras: “te va a gustar, acaba de salir”. La obra en cuestión se llama Chiquita, escrita por Antonio Orlando Rodríguez —cubano de nacimiento, exiliado de sentimiento—, quien ganó el Premio Alfaguara de Novela.

Chiquita fue un personaje real llamado Espiridiona Cenda. Nacida en Matanzas, Cuba, fue bailarina y cantante de los teatros de variedades de principios del siglo XX, conocida en su vida artística como “la muñeca viviente” ya que medía tan sólo 66 centímetros. Si bien existen registros de esta liliputiense y las leyendas cuentan que su fama paseó por Europa, muy poco se sabía de ella; ante ese vacío, el autor decidió inventarle una vida.

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La novela nos presenta a una mujer independiente, de gran temperamento y capaz de provocar las más encendidas pasiones en los hombres a pesar de su corta estatura (o precisamente por eso). Asimismo, resulta muy interesante cómo Rodríguez profundiza en la comprometida posición política que mantuvo Chiquita con la guerra de independencia de Cuba y con los conflictos de su época en general.

En un principio, el autor pensó plantear la historia como un extenso relato narrado en tercera persona por la propia Chiquita, quien al llegar a la vejez decide hacer balance de lo vivido a modo de memorias. Sin embargo, durante el proceso de creación, decidió introducir un segundo narrador en primera persona: un periodista que escribe la biografía a partir de las confesiones de la protagonista y que, a su vez, se las cuenta al propio autor del libro. A estas dos voces hay que añadir una tercera —la del propio Orlando Rodríguez—, quien utiliza las notas a pie de página como un medio para disentir, aclarar o refutar los acontecimientos, señalando errores cronológicos o la imposible coincidencia de los personajes citados.

El resultado es una novela dinámica donde las tres voces se acoplan de manera perfecta. Consiguen el efecto pretendido: hacernos reflexionar sobre los difusos límites que separan la realidad de la ficción, pero también sobre la imposibilidad absoluta de conocer por completo a una persona.

Hay también un intento —bastante logrado— por reflejar el final de la época dorada del vodevil, los teatros de variedades y las ferias de “monstruos” (evocando inevitablemente a la película Freaks de Tod Browning). El autor logra un tono crepuscular en el que la decadencia artística de Chiquita se corresponde con la paulatina desaparición de una forma “aristocrática” de entender y apreciar los espectáculos musicales o teatrales.

Como fanático de Sherlock Holmes, aprecio que se introduzca una trama de raíces claramente “sherlockholmianas”. El autor relaciona la desaparición de un misterioso colgante que Chiquita portaba desde niña con la existencia de una sociedad secreta de enanos, una especie de “Mafia Liliputiense”. Es una pena que tan apetitoso planteamiento aparezca como algo secundario o como una anécdota más dentro de la extensa biografía.

Por último, me gustaría destacar el modo tan inteligente que Orlando Rodríguez enfoca un argumento protagonizado por una mujer de 66 centímetros, sin caer nunca en el morbo o en el drama desaforado al estilo de El hombre elefante. Al contrario, si algo cautiva de Chiquita es que en lo único que se diferencia del resto de los mortales es en la estatura. Se nos presenta hermosa, con múltiples amantes (no precisamente de su talla), libre para amar a quien quiera, manipuladora, caprichosa y algo mentirosa; una artista de talento y muy sexy. En ningún momento se muestra pesarosa por su tamaño. Al contrario, su pequeñez es lo que la hace grande ante los demás.

Recomiendo la lectura de esta novela. A pesar de ser un poco larga, sus páginas me atraparon

Por lo menos así lo veo yo……

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Gustavo Ferrari Wolfenson
Columna · Por lo menos así lo veo yo

Gustavo Ferrari Wolfenson

Columnista

Doctor en Ciencias Políticas y RR.II. con trayectoria global en la ONU y el servicio exterior. Especialista en gobernabilidad, consultor internacional y Associate Fellow en Harvard. Galardonado por su defensa de la democracia y socio fundador de ALACOP; un referente en gestión pública.

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