Un 11 del 9
El 11 de septiembre de 2001, en mi calidad de enviado especial del gobierno argentino para la reestructuración y el auxilio financiero de una deuda pública del país que ascendía a cerca de 140.000 millones de dólares, volaba desde la Ciudad de México hacia Miami.
Se intentaba desesperadamente ante el gobierno de Estados Unidos y organismos internacionales de crédito en conseguir y destrabar fondos asociados a dos grandes operaciones financieras con los mercados y los organismos multilaterales:
Mi plan era conectar con un vuelo hacia Nueva York. Eran las 7:30 de la mañana cuando, minutos antes de aterrizar en Florida, el capitán anunció que el aeropuerto estaba cerrado por “problemas operativos” y que debíamos regresar a México. Al descender nuevamente en el Distrito Federal, nos topamos con las crudas imágenes que ya conmocionaban al mundo: una serie de ataques terroristas suicidas coordinados en Estados Unidos por el grupo yihadista Al Qaeda.
Haber volado en la misma aerolínea y dirigirme a una de las ciudades clave en la logística de los atentados me produjo un impacto profundo que, al día de hoy, todavía genera confusión en mi memoria. Por eso, ensayar un análisis sobre esa fecha me obliga a cargar con una cuota más emocional que académica.
En lo político, el 11 de septiembre legitimó a una administración de George W. Bush que no había logrado desprenderse de las sombras en torno a su polémica llegada al poder. Aquella evidente debilidad institucional se disipó ante la tragedia. Los atentados alinearon a la población y a la oposición en torno a la figura presidencial. El fortalecimiento del gobierno fue el primer paso para demostrar que, a pesar de un sistema electoral cuestionado, el presidente de los Estados Unidos tenía el control.
En materia económica, el atentado alteró de golpe un ciclo de transición sumamente complejo. Estados Unidos venía de la era de Bill Clinton, recordada por el mayor periodo de expansión económica de su historia moderna, con un superávit presupuestario inédito y tasas de desempleo bajísimas. Sin embargo, aquel “milagro” de los años noventa escondía fisuras: la desregulación agresiva del sector financiero y la desmedida especulación tecnológica terminaron por hacer estallar la burbuja de las empresas “puntocom” en el año 2000.
Cuando Bush asumió el cargo en enero de 2001, el país ya se deslizaba inevitablemente hacia una recesión. El 11-S agravó el panorama de inmediato, pero el Congreso aprobó de emergencia un masivo aumento presupuestario para gastos de Defensa. Esta inyección de capital reactivó las expectativas de producción industrial y empleo mediante la maquinaria bélica. En paralelo, para estimular el consumo en un país temeroso, la Reserva Federal recortó drásticamente las tasas de interés y la administración Bush promovió agresivamente el acceso a la vivienda propia como bandera de orgullo nacional. Esta política de dinero barato e hipotecas laxas encendió un motor peligroso. A partir de 2001, el mercado inmobiliario se convirtió en el gran soporte de la economía americana, inflando una gigantesca burbuja inmobiliaria que pocos años después provocaría la crisis financiera global más grave desde la Gran Depresión.
El quiebre más drástico, no obstante, ocurrió en la arquitectura de la seguridad internacional y la aviación civil. El 11-S derribó para siempre la inocencia de los viajes aéreos. Volar dejó de ser un trámite social y accesible para convertirse en una experiencia de hipervigilancia estatal: nacieron agencias estrictas como la TSA, se blindaron las cabinas de los pilotos, se prohibieron los objetos cotidianos a bordo y se impuso la paranoia en los controles fronterizos. El terrorismo mutó de células locales a una amenaza global y atomizada, mientras que los Estados occidentales redefinieron sus leyes y sistemas de inteligencia para priorizar el control absoluto sobre las libertades individuales.
En este nuevo tablero, la reacción de la Unión Europea fue inmediata pero compleja. Inicialmente, el bloque mostró una solidaridad política sin precedentes: declaró un luto oficial en todo el continente e invocó por primera vez en la historia el Artículo 5 de la OTAN. Puertas adentro, Bruselas revolucionó su seguridad interna con un Plan de Acción Antiterrorista que creó la “Euroorden” —agilizando la extradición automática de sospechosos— y potenció el alcance de Europol. Sin embargo, este consenso transatlántico duró poco. Con el paso de los meses, la comunidad internacional tomó distancia de las decisiones de la Casa Blanca, percibidas como más emocionales que racionales. La UE favorecía un enfoque policial y judicial frente a la retórica puramente bélica de Washington, comenzando a cuestionar la rudimentaria doctrina de “los que no están conmigo, están con los terroristas”, un abismo ideológico que terminaría por fracturar la alianza con la posterior invasión a Irak en 2003.
América Latina sufrió las esquirlas de ese giro radical de una manera profunda e integral. El desvío definitivo de la atención diplomática de Washington hacia Medio Oriente dejó un vacío geopolítico que facilitó el florecimiento local de la “Marea Rosa” —una ola de gobiernos de izquierda que buscaban mayor autonomía frente al Consenso de Washington— y abrió las puertas a una agresiva expansión comercial de China en la región. Al mismo tiempo, la agenda bilateral se endureció de forma dramática: los flujos migratorios se militarizaron bajo la doctrina de seguridad nacional, se desplomó el turismo, y fronteras comerciales clave como la Triple Frontera fueron puestas bajo sospecha internacional de financiamiento extremista. Los recursos destinados a programas de ayuda financiera para el continente se esfumaron en pos de una guerra ajena librada en otras latitudes. En lo personal, mi gestión ante los organismos internacionales naufragó, y la debacle argentina de finales de 2001 fue un síntoma directo de ese nuevo orden de prioridades globales que postergó definitivamente al continente.
Todos recordamos dónde estábamos ese día. Lo recuerdan quienes vieron caer la ilusión de un gigante invulnerable, quienes aún lloran a sus víctimas en otros rincones del mundo y quienes esperaban un auxilio financiero para frenar la ingobernabilidad de sus gestiones. También pertenece al recuerdo de una época en la que se cruzaba un aeropuerto con equipajes sin revisar. Pero en mi memoria habita un eco distinto y profundamente íntimo. Al descender en México, llamé con urgencia a mi esposa para rogarle que no se preocupara, para decirle que yo no estaba en ninguno de esos vuelos fatídicos. Al otro lado de la línea, su voz me devolvió una calma desconcertante: acababa de dejar a nuestra hija en el colegio y no sabía absolutamente nada. El estallido de información y el pánico la alcanzarían recién al mediodía, cuando el planeta entero ya había cambiado para siempre. Más allá del colapso macroeconómico, de las fracturas geopolíticas y del fracaso de mi propia misión diplomática, aquella llamada y esa mañana suspendida en el aire me dejaron una sola certeza inquebrantable; una verdad que el tiempo no ha hecho más que confirmar: mi destino, definitivamente, no está ligado a un viaje en avión.
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Gustavo Ferrari Wolfenson
Columnista
Doctor en Ciencias Políticas y RR.II. con trayectoria global en la ONU y el servicio exterior. Especialista en gobernabilidad, consultor internacional y Associate Fellow en Harvard. Galardonado por su defensa de la democracia y socio fundador de ALACOP; un referente en gestión pública.
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