La derrota de los muchos
Ante el avance de la ultraderecha a escala global y el resurgimiento de discursos de corte fascista, resulta pertinente volver a hablar de la lucha de clases. Una confrontación que, lejos de haberse superado, parece hoy inclinarse de manera cada vez más evidente: las élites económicas continúan ampliando su poder frente a una clase trabajadora debilitada. De acuerdo con un informe de Oxfam publicado en 2024, el 1 % más rico del planeta concentra más riqueza que el 95 % de la población mundial en su conjunto.
La pandemia dejó al descubierto esta tendencia de desigualdad entre clases: mientras la mayoría enfrentaba la debacle económica, las grandes fortunas no solo no se vieron afectadas, sino que, por el contrario, aumentaron de manera considerable.
Mientras millones de personas perdían ingresos y empleo, la riqueza de los multimillonarios creció de manera acelerada: entre 2020 y 2021, su patrimonio global aumentó de aproximadamente 8.6 a 13.8 billones de dólares. Según el informe La ley del más rico, publicado por Oxfam en 2023, el 1 % más rico captó cerca del 63 % de toda la nueva riqueza generada entre 2020 y 2021, al tiempo que más de 160 millones de personas fueron empujadas a la pobreza.
El regreso de Donald Trump a la presidencia marcó con claridad el retorno de la derecha en el mundo. En América Latina, el giro fue claro, países como Argentina, Ecuador, Bolivia, Perú, Honduras y Colombia volvieron a ser gobernados por fuerzas de derecha, en buena medida como consecuencia de la incapacidad de los gobiernos de izquierda para resolver problemas básicos de la población. En este contexto, la pandemia desempeñó un papel decisivo, pues tuvo un alto costo político para los gobiernos autodenominados progresistas.
Un caso emblemático de este viraje fue la llegada de Javier Milei al poder. En una Argentina devastada por una inflación descontrolada y años de deterioro económico, el hartazgo social fue capitalizado por un personaje que convirtió la furia en programa político. Bajo la promesa de “ajustar” al Estado, Milei propuso recortes brutales al gasto público, la dolarización de la economía y una subordinación explícita a los intereses de Estados Unidos, ofreciendo como solución a la crisis un proyecto que no hacía sino profundizar la dependencia, la desigualdad y el desmantelamiento de lo público.
Donald Trump regresó a la presidencia con un discurso centrado en el endurecimiento de la política migratoria y en una agenda supremacista resumida en el lema “America First”, que no es más que imponer los intereses de las élites estadounidenses por encima de cualquier otro país.
Lo más preocupante es el amplio respaldo al discurso imperial y supremacista que encabeza Trump. Republicanos y demócratas han representado, en lo esencial, los mismos intereses y han sostenido políticas migratorias similares durante décadas.
Con Trump, el discurso se radicaliza. El racismo, la exclusión y la mentira dejan de ser elementos que deban disimularse y se convierten en instrumentos de movilización política. Su capacidad para presentarse sin filtros, incluso cuando reproduce prejuicios y falsedades, parece constituir parte de su atractivo entre determinados sectores del electorado.
Basta con revisar su cuenta personal de Truth Social o la cuenta oficial de la Casa Blanca. Desde la difusión de un video generado con inteligencia artificial que imagina un complejo de lujo en la Franja de Gaza —territorio donde han sido asesinados 17 900 niños palestinos— coronado con una estatua dorada de Trump, hasta la celebración de ataques ilegales contra embarcaciones en el Caribe, el propio Trump se encarga de exhibirse sin filtros. No hay ambigüedad ni disimulo: se muestra abiertamente como lo que es.
Las élites llevan décadas ejerciendo una influencia decisiva sobre las decisiones del país más poderoso del mundo. En este contexto, China y Rusia parecen aceptar un reparto del orden global en bloques: China avanzaría sobre Taiwán, Rusia impondría su fuerza sobre Ucrania y Estados Unidos consolidaría su dominio sobre América.
El mercado y el capital privado dictan hoy las decisiones de los gobiernos más poderosos, en detrimento de la inmensa mayoría de la población. Los derechos humanos y el medio ambiente quedan relegados; el hambre y la guerra se asumen como daños colaterales. El control de los recursos materiales y naturales está en manos de una minoría rapaz.
La derrota de los muchos no consiste únicamente en la pérdida de riqueza o derechos, sino también en la reducción de su capacidad para decidir sobre el mundo que sostienen.
¿Qué margen real tiene la clase trabajadora para decidir su destino cuando el dinero, los medios, las armas y los recursos del planeta están concentrados en manos de una minoría ínfima?
“La indiferencia es el peso muerto de la historia”. — Antonio Gramsci
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Andrés Martín Gurgúa Lizárraga
Estudiante de la UQROO
Estudiante de Gobierno y Gestión Pública en la Universidad de Quintana Roo. Interesado en la política, la historia y la geopolítica, con especial atención al análisis de las relaciones de poder y los procesos políticos nacionales e internacionales.
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