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Miércoles, 4 de noviembre de 2026
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Ambiciones Eternas y Falsas Libertades: La Democracia Bastardeada
Gustavo Ferrari Wolfenson
Opinión · Por lo menos así lo veo yo

Ambiciones Eternas y Falsas Libertades: La Democracia Bastardeada

Reflexión crítica sobre el vaciamiento democrático y el poder municipal en Quintana Roo.

Gustavo Ferrari WolfensonColumnista4 min de lectura13 vistas
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Tribuna de Opinión

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El 30 de octubre de 1983 quedó grabado a fuego en la memoria de los argentinos. Ese día no solo se reabrieron las urnas tras una dictadura cívico-militar sangrienta; se recuperó el derecho a la identidad, a la palabra y a la vida. Quienes vivimos esa época recordamos la vibrante esperanza colectiva: la certeza de que la democracia constituía el único camino digno. Había mística, valores arraigados, dialogo con los adversarios proyectos de país y un profundo respeto por la construcción social y política.

Con ese bagaje de ideales a cuestas, la vida me trajo a Quintana Roo que ha sido mi hogar durante los últimos 22 años. A lo largo de estas más de dos décadas, he sido testigo de la evolución política de esta tierra, pero también de un fenómeno preocupante y acelerado: el vaciamiento y la desvirtuación de la calidad democrática.

Hoy, esa democracia parece haberse licuado en intereses mezquinos, replegándose hasta su expresión más baja, y de manera alarmante, a nivel municipal. Asistimos a una penosa degradación donde los candidatos ya no surgen del trabajo social comunitario, del mérito o de una sólida historia política. Por el contrario, los cargos públicos se han convertido en botines a los que se accede mediante componendas oscuras, padrinazgos, compra de votos y ambiciones estrictamente personales.

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Esta descomposición se vuelve aún más perversa cuando observamos las encarnizadas guerras mediáticas entre adversarios del mismo espacio político. La política se ha rebajado a un escenario de campañas sucias y posturas sumamente agresivas, donde el debate de ideas fue sustituido por el ataque personal. Lo más grave es que este despliegue propagandístico implica costos de publicidad estratosféricos, tanto a favor como en contra, cuyos orígenes son más que dudosos o, peor aún, terminan sumándose a los endeudamientos y desfalcos de las propias arcas municipales. La vocación de servicio ha sido suplantada por una única finalidad: saquear el erario público en beneficio propio y financiar la permanencia en el poder. El municipio, que debiera ser el órgano de gobierno más cercano y sensible a las carencias del ciudadano, se transforma en una empresa patrimonialista o en un botín de caza.

El ejemplo más nítido e indignante de esta realidad lo estamos viviendo diariamente. Observamos con asombro la ambición desmedida de aspirantes que actúan bajo la falsa premisa de tener un derecho heredado al poder eterno. Su empeño por preservarlo a cualquier precio, recurriendo a métodos inescrupulosos, desnuda la total ausencia de ética política. Esta ambición ha configurado escenarios sumamente notorios donde impera un control asfixiante, una suerte de panóptico -modelo arquitectónico de vigilancia y control ideado a finales del siglo XVIII por el filósofo utilitarista Jeremy Bentham- moderno donde la lealtad no se gana, se impone o se compra. Se han institucionalizado dinámicas perversas en las que incluso la vida privada, familiar y social de los trabajadores es minuciosamente vigilada a través de redes de espionaje interno y delaciones. En este entorno de paranoia inducida, el simple hecho de asistir a un cumpleaños, compartir una mesa con un conocido de la oposición o reaccionar a una publicación en redes sociales se tipifica como un delito de alta traición, convirtiéndose en sinónimo automático de castigo, amenazas veladas y despidos fulminantes que vulneran el derecho humano al trabajo. Cuando la política pierde su dimensión colectiva y se reduce al capricho de perpetuación de un individuo a través del miedo, el chantaje del sustento diario y la represalia laboral, la democracia deja de ser el gobierno del pueblo para convertirse en una burda fachada.

A más de cuatro décadas de aquella gesta argentina de 1983, el recordatorio sigue siendo urgente y universal: la democracia no es un cheque en blanco para el enriquecimiento ilícito, ni el patrimonio privado de una camarilla, ni mucho menos el trono eterno de nadie. Es una conquista diaria y frágil que se defiende con la participación consciente, o se pierde irremediablemente en el silencio cómplice. Tolerarlo pasivamente es convalidar que el miedo sea la norma, que el descarado saqueo de las arcas públicas desvalije nuestro futuro, y que la dignidad ciudadana sea pisoteada. No podemos permitir que las ambiciones personales, el control totalitario, la persecución laboral y las guerras de lodo terminen por devorar desde adentro lo último que nos queda de los principios republicanos. Al final del día, el poder pasa, las administraciones terminan, pero la complicidad o la resistencia ante la injusticia quedan grabadas en la historia de una comunidad que merece, por derecho propio, volver a respirar en auténtica libertad.

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Gustavo Ferrari Wolfenson
Columna · Por lo menos así lo veo yo

Gustavo Ferrari Wolfenson

Columnista

Doctor en Ciencias Políticas y RR.II. con trayectoria global en la ONU y el servicio exterior. Especialista en gobernabilidad, consultor internacional y Associate Fellow en Harvard. Galardonado por su defensa de la democracia y socio fundador de ALACOP; un referente en gestión pública.

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