Carlos Barrachina Lisón/ Encuadre Político
La presidente Claudia Sheinbaum defiende la democracia en España, y se posiciona con líderes progresistas de España y América Latina a favor de la defensa del “status quo “de Cuba y Venezuela.
¿Y la democracia en México? La reforma judicial, la centralización estatal, el final de la autonomía de poderes en el país son atentados en contra de la democracia, de la sociedad civil y de las libertades. ¿En dónde queda la defensa de la democracia, las libertades y los equilibrios de poder en este caso?
Quizás no sea tan contradictorio. Defender a los gobiernos de Cuba y Venezuela, y no pensar en los miles de ciudadanos que sufren de la represión de estos gobiernos no es pensar en democracia, sino en el sostenimiento de autoritarismos de “amigos”por conveniencias ideológicas.
La falta de libertades, el defender regímenes en el que los ciudadanos tengan que optar por el exilio voluntario o forzado, es un despropósito de una izquierda latinoamericana hipócrita y complaciente. En el caso de España muestra la ignorancia y el interés político cortoplacista de un oportunista Pedro Sánchez, que no tiene idea de lo que sucede a 200 metros de la Moncloa.
La derecha española calificó de “Aquelarre Comunista” esta reunión. Semejante “estupidez”, muestra también lo alejados que están los políticos españoles de la realidad latinoamericana y lo viciada y agresiva que se vive la política española a día de hoy. En el fondo estas posiciones muestran que tanto unos como otros tienen una inmadurez ideológica muy grande. Los Trump, los Milei, la derecha española en general, no son tan diferentes de los Sánchez, Sheinbaum, Petro y asociados.
Deja mucho que desear los resultados de una cumbre que reitera la lucha por una autodenominada “democracia” que esconde dictadores, líderes autoritarios, y personajes que no quieren abandonar el poder a costa del pueblo. Una democracia sin demócratas, sin equilibrios de poder y centralizadora no es democracia.
Lo bueno de este viaje de Sheinbaum ha sido que por fin se pausó, quizás transitoriamente, la utilización arbitraria de la historia como arma política y de discriminación moderna. Cuando cambien los gobiernos, seguramente volveremos a las andadas.

