Tacos y Jalapeños: Mi Aventura en Los Hijos de la Asada
La semana pasada me lancé a conocer un lugar nuevo que me habían recomendado, «Los Hijos de la Asada». Y déjenme decirles, qué buena sorpresa me llevé. Desde que entras, te atrapa el ambiente norteño que le pusieron al sitio, mesas de madera rústica, platos de barro que le dan ese toque casero, y una vibra que te hace sentir como si estuvieras en una taquería bien puesta en algún rancho. La decoración está chida, sencilla, pero con carácter.
Para empezar, pedí unos tacos, porque soy de los que piensa que si quieres probar de qué va un lugar, lo mejor es irte por lo básico. Elegí unos de arrachera y otros de chuleta. ¿Por qué? Primero, para medir la calidad de la carne —si un lugar presume de cortes, ahí se ve si cumple—, y segundo, porque de una vez pruebas qué tan rápido te atienden.
En Chetumal, donde vivo, me ha tocado de todo, meseros con cara de «qué haces aquí» y tiempos de espera que te hacen dudar si la vaca sigue viva en la cocina. Pero aquí, nada de eso. El servicio fue rapidísimo, y el mesero, un tipazo, se lució explicándome el nivel de picante de cada salsa, como si fuera un “sommelier del chile”. De menor a mayor, me dio el recorrido completo, y yo feliz.
Ya con el taco en la mano, me animé a pedir algo más; unos chiles jalapeños envueltos en tocino, rellenos de queso Philadelphia y acompañados con una salsa de piña con tequila. ¡Órale! Esto es de esas cosas que te hacen cerrar los ojos y decir «qué buen sabor». Vienen bien servidos, el sazón está en su punto, y de verdad te dan ganas de chuparte los dedos sin pena.
Mientras fisgoneaba el menú —porque soy de esos que no pueden evitar curiosear—, vi que tienen de todo; pastas, cortes, nachos, y los precios, de verdad, están bastante razonables. No te vas a quedar con el bolsillo temblando.De tomar, pedí una jarra de agua fresca de tamarindo que, ojo, sobró, y eso que éramos dos. Bien fría, bien dulce, como debe ser.
El lugar es pequeño, unas siete mesas y una barra, pero se siente acogedor, nada apretado. Y aquí va un tip que siempre doy, si quieres saber qué tan en serio se toman la limpieza, échale un ojo al baño. Este estaba impecable, de esos que te dan confianza. La cocina, que es abierta y la puedes ver desde tu mesa, también se veía ordenada, todo en su lugar.
Ahora, no todo es alabanza, porque soy de los que cree que siempre hay algo que afinar. Dos cositas nomás: la música esa noche era bossa nova, que está chida y relajante, pero con ese ambiente norteño y la comida tan sabrosa, yo le metería algo más acorde, como un norteño tranquilo, de ese que te acompaña mientras masticas. Nada de «corridos tumbados» a todo volumen, pero algo que le dé más identidad al lugar. Y lo otro, un consejito para los meseros, si ves a un cliente girando la cabeza como ventilador, no es por ejercicio, es porque te está buscando. Estar un poquito más al pendiente de las mesas no les caería mal. El servicio es bueno, pero puede ser de diez con ese detalle.
Fuera de eso, «Los Hijos de la Asada» me ganó. Si traes antojo de comida rica, ambiente agradable y un trato que te hace querer volver, apúntalo en tu lista. Lo encuentras en la ciudad de Chetumal, en la Avenida Chetumal, entre Puerto Rico y Martinica, en el fraccionamiento Caribe. Vayan, pidan unos tacos, esos jalapeños de locura y una jarra de agua fresca, y luego me cuentan si no se enamoraron del lugar como yo. Me despido de ustedes, su amigo que de verdad tiene muy buen diente y ya está pensando en la próxima visita.
¡Provecho y nos vemos por ahí!





