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El Ciclista Solitario

COLUMNA Por lo menos así lo veo yo

Por Gustavo Ferrari Wolfenson

No recuerdo exactamente el año, pero debe haber sido un invierno de principios de los setenta. Como vivíamos en el exterior debido a las actividades de mi padre como funcionario de las Naciones Unidas, solíamos turnarnos con mis hermanos para visitar a los abuelos en la Argentina; así siempre se sentían acompañados y los vacíos de la ausencia familiar se reducían.

Una tarde de lluvia, como una de tantas en los típicos inviernos fríos de Sudamérica, mi abuela Sara se me acercó y, al notarme aburrido, me alcanzó un libro y me dijo: «Toma, léelo, te va a gustar».

El ejemplar, de tapas azul grisáceo, pertenecía a la Biblioteca de La Nación, una colección editada por ese diario entre 1901 y 1920. Llevaba por título Aventuras de Sherlock Holmes. Recorrí con cierta indiferencia sus páginas color sepia y empecé a leer el primero de los doce cuentos escritos por Arthur Conan Doyle, en los que el personaje principal es el detective consultor de ficción Sherlock Holmes.

El relato, que llevaba el nombre de Escándalo en Bohemia, me resultó tan fantástico como atrapante. Debo mencionar que mi abuela era una lectora compulsiva de libros de misterio e historias policiales. En la biblioteca de su cuarto de estar, en la casona de dos pisos donde vivía en las barrancas de Belgrano, estaban perfectamente acomodadas las novelas de Agatha Christie, Edgar Allan Poe, G. K. Chesterton y su Padre Brown, así como las de Arsène Lupin de Maurice Leblanc, sumadas a las de Ellery Queen, entre otras; las cuales consumió con especial devoción hasta que sus ojos la empezaron a traicionar. En esa voracidad por la lectura, esperó con paciencia que llegaran al país los primeros lentes intraoculares para operarse de cataratas a los noventa años y conseguir el principal objetivo que tenía: recuperar la vista para continuar leyendo.

Las aventuras de Sherlock Holmes me encontraron abrazado a las historias, narraciones, crímenes y deducciones de un personaje hasta ese momento desconocido para mí. Terminé el libro al día siguiente y ya tenía en mis manos el tomo segundo, que también devoré con pasión, continuando con Estudio en escarlata (que resultó ser el primer libro de la saga), El signo de los cuatro y otros tres tomos más de Casos Secretos, también publicados por la Colección de La Nación.

De ahí en adelante no paré nunca más en mi pasión por el detective inglés, hasta convertirme en un lector, coleccionista, buscador y fanático de todo lo relacionado con la figura de Sherlock Holmes. Un día, allá por los ochenta, leyendo un artículo en el periódico inglés The Buenos Aires Herald, me enteré de la existencia de la Sherlock Holmes Society of London. Utilizando el papel y una pluma —que seguían siendo en esa época el principal canal de comunicación de la humanidad—, escribí una carta para conocer las condiciones de su membresía y poder asociarme. Al tiempo, su presidente me respondió con una misiva digna de un especialista sherlockiano; en su contenido, muy amablemente narrado en un lenguaje particular, analizaba la calidad del papel y la marca de la pluma con la que yo le había escrito, me manifestaba la aceptación de mi incorporación a la cofradía y señalaba, asimismo, su satisfacción porque yo era el único miembro de un país latinoamericano que se sumaba a la Sociedad. Finalizaba la carta bautizándome con el título de uno de los cuentos de Conan Doyle: «El ciclista solitario,  al que le añadió, de América Latina».

Con mi afiliación comenzó una larga y próspera amistad con numerosos holmesianos de diferentes partes del mundo, con quienes intercambiábamos opiniones, lecturas, relatos y, sobre todo, información de las novelas o escritos que otros autores publicaban y difundían utilizando la misma narrativa de Conan Doyle. Recuerdo que uno de los primeros trabajos de esas características que cayó en mis manos, allá por 1975, fue The Seven-Per-Cent Solution (también conocido como Elemental, Dr. Freud), escrito por Nicholas Meyer. La obra trata de cómo el doctor Watson, preocupado por el consumo de narcóticos de su amigo Sherlock Holmes, lo obliga a viajar a Viena para acudir a la consulta del joven médico Sigmund Freud, quien somete al detective a una cura de desintoxicación.

Este relato, que me costó buscar por cada rincón del Madrid de mi época de estudiante, fue convertido luego en un film que no tuvo la relevancia del libro. Nicholas Meyer escribió años más tarde dos novelas continuando con el personaje, tituladas The West End Horror (Horror en Londres) y The Canary Trainer (El ángel de la música).

Mi pasión por Holmes siguió en aumento. Mis relaciones a través de la Sherlock Holmes Society me permitieron conocer y entablar una fraterna amistad con John Bennett Shaw, nacido en Tulsa (Oklahoma) y radicado luego en Santa Fe (Nuevo México), uno de los fanáticos y autoridades más prolíficos sobre el personaje de Sherlock Holmes y las obras de Sir Arthur Conan Doyle que hayan existido. John, fundador de una cofradía llamada los Baker Street Irregulars (BSI) —en alusión a los chicos de la calle que Holmes empleaba como agentes de inteligencia y a quienes pagaba un chelín por día (el equivalente a unas 7 libras esterlinas actuales)—, poseía en su casa una de las colecciones y bibliotecas físicas más grandes del mundo relacionadas con Sherlock Holmes. A esto se sumaban otros objetos de interés que él denominaba Sherlockiana, los cuales, después de su muerte, fueron donados a la Universidad de Minnesota, donde aún perduran.

Durante años, hasta su fallecimiento en 1997, John me alimentó de novedades, etiquetas, membretes y cosas que iban apareciendo sobre Sherlock Holmes y que él iba agregando a sus colecciones. Nadie se divirtió más con Holmes que él, y nuestras vidas, que se cruzaron por el destino, influyeron en mí de una manera que no podría haber imaginado. Gracias a su audacia de investigador pudimos descubrir que esos libros publicados por la Biblioteca de La Nación en los albores del siglo XX fueron las primeras ediciones editadas en idioma español traducidas de The Strand Magazine. Se los mandé de regalo junto con un poema a Sherlock Holmes escrito por el propio Jorge Luis Borges y una revista Leoplan de mediados de los cincuenta, encontrada en una librería de viejo de la avenida Corrientes de Buenos Aires, con una narrativa sobre Holmes hecha por el periodista y escritor Rodolfo Walsh, devenido años después en militante revolucionario.

Hoy mi biblioteca tiene una sección especial dedicada a Sherlock Holmes, abarrotada de diferentes ediciones de las novelas del famoso detective, ya sean las de Conan Doyle o de diferentes autores de estilo que siguen su ruta narrativa, conservan la intriga, el proceso de análisis, la deducción e, inclusive, los mismos personajes que lo rodearon: su fiel amigo y compañero, el doctor Watson; el inspector Lestrade; la señora Hudson; la misteriosa Irene Adler; el profesor Moriarty; su hermano Mycroft; la puntualidad de los trenes ingleses y hasta el sabueso Toby como fiel ladero de sus escapadas nocturnas, disfrazado de pordiosero en busca de pistas.

También en mi colección se incluyen las películas interpretadas por su mejor exponente, Basil Rathbone, las series de televisión de Jeremy Brett y guardo con especial cariño un juego de naipes sherlockiano regalado por el presidente Fernando de la Rúa, quien, en un viaje oficial a Londres, pasó por el museo del 221B de Baker Street y, cuando regresó, me llamó por teléfono y me dijo: «Esto lo compré para vos».

Sherlock Holmes me ha acompañado a lo largo de los últimos sesenta años de mi vida. Su presencia me ha permitido viajar junto a él en sus relatos e historias por los caminos y rumbos de esa Inglaterra victoriana previa a la Primera Guerra Mundial, radiante del glamour de sus caballeros señoriales y sus damas cortesanas. Siempre agradeceré a mi abuela Sara ese regalo maravilloso de haberme acercado a un libro de Sherlock Holmes. Ya con noventa y cuatro años y operada de cataratas, la llevé una tarde al cine a ver el estreno de la película Young Sherlock Holmes (El secreto de la pirámide), interpretada por Nicholas Rowe. La disfrutó a pleno y, cuando el film llegó a su fin y su cara reflejaba una inmensa felicidad, solo me expresó en unas pocas palabras que marcaban la comunión entre nosotros por ese personaje: «Podemos quedarnos a verla de nuevo». Mi respuesta fue más breve: «Elemental, mi querida Abu».

Por lo menos así lo veo yo………………

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