Por Gustavo Ferrari Wolfenson
La segunda mitad de la década de los 60 no fue nada fácil para la Guerra Fría. La guerra de Vietnam había acentuado el conflicto Este-Oeste a su máxima expresión. La línea divisoria entre los “amigos y enemigos” de cada bando se hacía más inflexible y no cabía lugar para experimentos independentistas.
Los precedentes eran claros. En 1956, la Unión Soviética había invadido Hungría para aplastar la Revolución húngara, un levantamiento popular que exigía reformas democráticas y la salida del país del Pacto de Varsovia. Por su parte, Estados Unidos intentó fallidamente en 1961 la invasión a Cuba en la famosa Bahía de Cochinos.
Con posterioridad, Washington intervino militarmente en la República Dominicana en 1965, con el fin de aplastar una insurrección popular que buscaba restituir el gobierno progresista del derrocado Juan Bosch. Años después, en 1968, la URSS invadió Checoslovaquia —en lo que la historia llamaría “La Primavera de Praga”— con el objetivo de aniquilar todo experimento político alejado del control ideológico de Moscú.
Para ese entonces, ya no estaban John F. Kennedy (asesinado por oscuros intereses) en Estados Unidos, ni Nikita Jrushchov (depuesto por la nomenclatura del Soviet Supremo). Lyndon B. Johnson y Leonid Brézhnev eran los nuevos amos de la Guerra Fría, y el mundo debía girar bajo sus parámetros, caprichos y rumbos ideológicos.
Esos intentos de invasión e intervención no se detuvieron ahí. La URSS invadió Afganistán el 24 de diciembre de 1979, provocando un conflicto que duró casi una década. Por su parte, Estados Unidos invadió Granada en 1983 mediante la Operación Furia Urgente, derrocando el gobierno militar de línea marxista establecido tras la ejecución del primer ministro Maurice Bishop. Asimismo, la superpotencia norteamericana invadió Panamá el 20 de diciembre de 1989, mediante la Operación Causa Justa, cuyo objetivo principal era derrocar al dictador Manuel Antonio Noriega.
Continuando con otros ejemplos intervencionistas, la Revolución cubana no se quedó atrás. Tras su frustrada aventura guevarista de intentar convertir la Cordillera de los Andes en una nueva Sierra Maestra, La Habana asumió durante la década de los setenta una notoria presencia militar en África. Bajo un discurso de solidaridad histórica, pero con profundas raíces geopolíticas, intervino en apoyo a los movimientos de liberación de naciones como Angola, Etiopía, Argelia, la República del Congo (Congo-Brazzaville), la República Democrática del Congo (antiguo Zaire), Guinea Guinea-Bisáu y Mozambique.
Esta política alcanzó su punto máximo en Angola, donde unos 450,000 cubanos participaron en la llamada Operación Carlota entre 1975 y 1991 para respaldar al gobierno de Agostinho Neto.
El intervencionismo no murió con el siglo XX. En 2003, una coalición internacional encabezada por Estados Unidos y el Reino Unido invadió Irak bajo la falsa premisa de eliminar armas de destrucción masiva y acabar con el régimen de Saddam Hussein. Más recientemente, en 2022, Rusia escaló el conflicto activo que mantenía desde 2014 con una invasión a gran escala en territorio ucraniano, desencadenando la mayor guerra convencional en Europa desde la Segunda Guerra Mundial.
Por lo tanto, hablar de la defensa de la soberanía como la protección absoluta de la independencia, el territorio y la autodeterminación frente a cualquier presión extranjera, puede llegar a convertirse en una retórica dogmática más que en una realidad.
La historia demuestra cómo las potencias justifican estas acciones. En la década de los sesenta, la China de Mao Tsé-Tung propagó su ideología de guerra revolucionaria a través del famoso Libro Rojo, lectura obligada en las tertulias políticas progresistas de la época. Mao lanzó al mundo su “Teoría de las Cuatro Contradicciones”, ubicando al planeta sometido ante dos demonios: el capitalismo invasionista estadounidense y el socialismo expansionista soviético.
Para no quedarse atrás, el gobierno de Lyndon B. Johnson justificó su necesidad de preservar espacios de poder lanzando la Doctrina de las “Fronteras Ideológicas”. Este concepto geopolítico sostiene que los límites de un país no son geográficos, sino que existen barreras inmateriales que separan bloques de naciones. La poderosa URSS, bajo el liderazgo de Leonid Brézhnev, proclamó a su vez la Doctrina de la Soberanía Limitada, la cual señalaba que los países del bloque socialista no eran totalmente independientes y si un régimen aliado corría el riesgo de adoptar políticas capitalistas, el resto de las naciones comunistas tenían el «deber internacionalista» de intervenir militarmente.
Con este bagaje histórico, el escenario sobre la soberanía que Morena y la presidenta Sheinbaum han colocado como un principio rector irrenunciable —sustentado en la no intervención y la autodeterminación— resulta ser algo más aspiracional que real.
¿Por qué lo señalo? Porque el pensamiento ideológico que hoy abraza el oficialismo está muy lejos de aceptar que las aventuras intervencionistas y anti-soberanas que la propia izquierda internacional realizó en los años setenta y ochenta desmitifican esa pureza discursiva.
Hoy en día, los promotores y representantes de la llamada Cuarta Transformación se pasean por estados y municipios distribuyendo casa por casa el periódico Regeneración. Como tema principal de su agenda, se les instruye hablar de la defensa de la soberanía ante supuestos intentos de invasión de la «ultraderecha enemiga».
Debo confesar que, al haber asistido a varias de estas caminatas y mítines, me he preguntado si la población de a pie entiende realmente el trasfondo de lo que les están diciendo. También me pregunto si aquellos pregoneros que critican al «capitalismo feroz» han reflexionado sobre la ironía de portar indumentaria de marcas de diseñador, trasladarse en autos de lujo y usar dispositivos de telefonía de alta gama que cuestan varios ceros. Eso, en el fondo, también representa una forma de dependencia cultural e intervencionismo económico del que no se desprenden.
Hoy, la verdadera defensa de la soberanía del Estado mexicano no radica únicamente en blindarse contra el extranjero, sino en tener la capacidad autónoma de pacificar el territorio interior. La soberanía se defiende protegiendo a las instituciones y a los ciudadanos de aquellos grupos delictivos y del crimen organizado que verdaderamente secuestran el orden institucional.
El verdadero Estado de Derecho se demuestra combatiendo la violencia, la inseguridad y la corrupción interna.
Lo demás, en este siglo XXI marcado por la web 5.0 y la Inteligencia Artificial, es puro choro.
Por lo menos, así lo veo yo…..

