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Cuando el Enemigo Duerme en Casa

Encuadre Político | Por Carlos Barrachina Lisón

El famoso «Plan B» electoral terminó siendo un rugido que no cambió las reglas del tablero, pero —vaya paradoja— sí cambió la naturaleza del juego. La reforma quedó trasquilada, sin esa transformación de fondo que tanto se pregonaba, pero en el camino dejó un sedimento mucho más tóxico para el oficialismo: las tensiones internas.
Mientras el ruido legislativo se apaga, la realidad política nos golpea con una certeza: la carrera por 2027 ya empezó.

El escenario actual parece un monólogo guinda. De las 17 gubernaturas que se renovarán, Morena lidera en 15 estados frente a un raquítico PAN que apenas sostiene dos. Sin embargo, la aritmética del poder es engañosa. Esa ventaja no es el bloque monolítico que presumen en las mañaneras; en plazas como Nuevo León y San Luis Potosí, la competencia no solo es real, es asfixiante.

La ecuación es simple pero brutal. Con unidad; Morena mantiene el favoritismo, pero el aura de invencibilidad se desvanece. Ya no arrasa. Sin coalición; El castillo de naipes se tambalea. La proyección real caería a un rango de 11 a 13 gubernaturas para el oficialismo, abriendo una ventana de oportunidad de hasta 6 estados para la oposición.

El Factor Verde es, ¿Aliado o Caballo de Troya? Aquí es donde el análisis se pone interesante. Una ruptura con el Partido Verde no alteraría necesariamente la cantidad de triunfos, pero sí su intensidad. Seamos claros: el Verde no tiene la musculatura para ganar solo, pero posee el veneno suficiente para restarle margen a Morena donde más le duele. En San Luis Potosí, esto ya no es una hipótesis de café; es una amenaza latente. Ahí, el Verde no solo compite, sino que tiene posibilidades reales de arrebatar el podio.

En Quintana Roo, el guion es distinto, pero no menos complejo. Si bien Morena respira con cierta tranquilidad en las encuestas, una fractura con sus aliados tucanes desataría una hidra de tres cabezas: División local irreconciliable, un caos legislativo que paralizaría al Ejecutivo y una erosión del control territorial que tanto trabajo costó edificar.

El oficialismo no perdería la silla automáticamente, pero el costo sería gobernar entre escombros. La estrategia del Verde ha sido magistral en su cinismo, «mimetizarse». Han afiliado a sus cuadros bajo la bandera de Morena para retener el control, especialmente en el norte del estado. Si esta simbiosis persiste, el camino parece trazado para que Rafa Marín se convierta en el próximo inquilino de la Casa de Gobierno.

Pero cuidado, si el hilo se rompe, rescatar públicamente a esos «morenistas de piel verde» será una tarea titánica. En ese escenario, no habría más remedio que sacar la artillería pesada; todo el flujo de recursos y la figura de Jorge Emilio González al frente para intentar salvar el feudo.

La madre de todas las batallas en 2027 no se librará en los tribunales ni en la letra pequeña de la ley. Se decidirá en el terreno más crudo de la política, las alianzas, las candidaturas y el control del territorio. Morena debe entender que el peligro ya no viste los colores de la oposición tradicional.

El riesgo real, el que puede descarrilar el proyecto, ya no está afuera. Está durmiendo en la habitación de al lado.

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