A dos párrafos… y más
Por David García
He intentado —desde hace meses— que esta columna no pase de dos párrafos. Porque respeto tu tiempo. Porque creo en la brevedad, en el golpe directo de las palabras. Pero hoy no puedo. Hoy, lo que sucedió en la Ciudad de México no cabe en dos párrafos. Y si estas letras te roban un minuto de tu valioso tiempo, te pido una disculpa… pero lo considero necesario. Porque lo que vivimos hoy es el reflejo descarnado de lo que se vive en todo el país.
Disculpen la imagen, pero es necesaria. Porque no se puede maquillar la tragedia cuando la sangre corre en las calles y el Estado apenas reacciona. Esta mañana, dos familias mexicanas lloran la pérdida de sus seres queridos. Y no, no eran delincuentes ni civiles anónimos; eran parte del equipo cercano de quien hoy gobierna la Ciudad de México.
Ximena Guzmán, secretaria particular de la jefa de Gobierno, Clara Brugada, y su asesor, José Muñoz, fueron ejecutados a sangre fría en plena Calzada de Tlalpan, a plena luz del día, a unos pasos del Metro Xola, ante la mirada de cientos de personas, sujetos armados a bordo de una motocicleta les arrebataron la vida con una precisión que solo deja en evidencia una cosa, esto fue un ataque directo, planeado y perfectamente ejecutado.
Los disparos fueron certeros. Agrupados. De alguien que sabe lo que hace. ¿Qué mensaje se está enviando cuando el crimen organizado o cualquier estructura delictiva es capaz de ejecutar a funcionarios públicos de primer nivel en el corazón de la capital del país? ¿Qué puede esperar el ciudadano común que aborda diariamente el transporte público, que lleva a sus hijos a la escuela, que sale a trabajar creyendo que “eso” solo les pasa a otros?
Durante la conferencia matutina, mientras se hablaba de una supuesta baja en la incidencia delictiva, el secretario de Seguridad, Omar García Harfuch, abandonaba el recinto tras recibir un mensaje urgente. Volvió minutos después, ya con la información que cimbraría al país, habían asesinado a la secretaria particular y a un asesor de la jefa de Gobierno.
La contradicción es tan brutal como el crimen mismo, se hablaba de seguridad mientras el plomo escribía otra historia.
¿Y qué respondió el Gobierno? Un comunicado. Una promesa de que “no habrá impunidad”. Lo mismo de siempre. Porque mientras la narrativa oficial se aferra a que la violencia disminuye, la realidad —esa que no se puede borrar con discursos— sigue devorando a México.
El crimen ya no respeta jerarquías. Ya no diferencia entre funcionarios, civiles o periodistas. La política de “abrazos, no balazos” ha fracasado rotundamente. El “no enfrentar al crimen” se ha traducido en impunidad para el sicario, en miedo para el ciudadano, en lágrimas para las familias, y ahora también, en muertes dentro del mismo círculo del poder.
Y mientras Ximena y José son velados por sus familias, miles más se preguntan hoy, ¿Quién sigue? ¿Qué tan lejos está el próximo ataque? ¿En qué momento pasamos de la violencia contenida a los asesinatos de Estado en plena vía pública?
Este no es un caso aislado. Es la consecuencia de años de tolerancia al crimen, de discursos vacíos, de promesas rotas. Es el retrato de un país sin ley, donde la justicia solo se pronuncia en ruedas de prensa, pero no llega a las calles.
La ejecución de dos funcionarios públicos a plena luz del día no es solo un atentado contra el gobierno de la Ciudad de México. Es un mensaje. Un recordatorio de que en este país, hoy por hoy, nadie está a salvo.

