Claudia Sheinbaum asumió la presidencia en un momento crítico, heredando un país marcado por tragedias que han definido sexenios anteriores y que aún resuenan sin resolución.
Felipe Calderón dejó el dolor imborrable de la Guardería ABC, donde 49 niños murieron en un incendio que expuso la negligencia y la corrupción en 2009, sin que hasta hoy haya justicia plena. Enrique Peña Nieto cargará siempre con la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa en 2014, un caso que sigue envuelto en opacidad y que simboliza la impunidad sistémica. Andrés Manuel López Obrador, su antecesor y mentor, enfrentó el huachicoleo desbocado, con la explosión de Tlahuelilpan en 2019 que cobró más de 130 vidas, dejando preguntas sobre la efectividad de sus políticas de seguridad.
Ahora, Claudia Sheinbaum enfrenta el hallazgo de Rancho Tehuochitlán en Jalisco, un campo de exterminio del CJNG que pone en evidencia la escalada del crimen organizado apenas iniciada su gestión. Estos eventos no solo son cicatrices históricas, sino retos vivos que exigen respuestas. Claudia Sheinbaum tiene la oportunidad de romper este ciclo de tragedias con una postura firme, sin solapar a nadie, ni dentro ni fuera de México, enfrentando con cabeza dura tanto la herencia interna como las presiones externas.
Dentro del país, la presidenta debe lidiar con un Congreso dominado por Morena, lo que le da un poder considerable, pero también la obliga a actuar con precisión para no repetir los errores del pasado. El caso de Rancho Tehuochitlán no es solo un incidente aislado; es el reflejo de un crimen organizado que ha ganado terreno, desafiando al Estado mientras la violencia se dispara. Las críticas por la falta de resultados inmediatos ya empiezan a surgir.
Sin embargo, trascender esto será un desafío titánico, especialmente cuando el legado de AMLO dejó una Guardia Nacional bajo fuego y una estrategia de «abrazos, no balazos» que muchos cuestionan.
Fuera de México, Donald Trump no tarda en opinar sobre Jalisco, exigiendo mano dura y amenazando con tarifas o intervenciones, lo que pone a prueba la soberanía que Claudia Sheinbaum defiende con vehemencia. Su reto es doble; pacificar el país y negociar con un vecino impredecible sin ceder terreno.
En nuestro país los retos son enormes, la impunidad sigue siendo un lastre, y casos como Ayotzinapa o Tlahuelilpan claman por justicia mientras Jalisco arde. Claudia Sheinbaum necesitará actuar con cabeza dura, sin titubear ante las presiones del Congreso o las bravatas de Trump, para que su sexenio no sea otro capítulo de tragedias sin fin.
Claudia Sheinbaum tiene la oportunidad de reescribir la historia de México. No debe solapar ni a Morena ni a Trump, sino gobernar con firmeza y claridad.

