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Auditorias en el Caribe

COLUMNA Por lo menos así lo veo yo

Por Gustavo Ferrari Wolfenson

Si hay algo que aprendí de tantos años de trabajar en el Caribe es no asustarse de nada y de tomar con toda normalidad hechos que en otros escenarios geográficos parecerían inconcebibles. Corría el año 2004 y arribé a Cozumel, la isla más grande del Caribe mexicano, tierra de la diosa maya de la fertilidad Ixchel y lugar estratégico durante la segunda guerra mundial de las embarcaciones mexicanas que abastecían de petróleo a los Estados Unidos. Llegaba con la tarea de fortalecer el gobierno de un municipio cuyos recursos provienen en su mayoría del turismo y de ser el primer puerto de cruceros en América latina.

El crecimiento de Cozumel ha sido gradual y muy espontáneo. Además de la belleza natural, aguas transparentes, playas limpias y tranquilas, arrecifes multicolores, de su fauna y flora exóticas, la isla aún conserva muchos vestigios arqueológicos de su cultura prehispánica maya. Sin embargo, la derrama económica del turismo no es lo suficientemente satisfactoria para evitar que exista una problemática social delicada que incluye variables de marginación y niveles de vulnerabilidad que superan la media nacional. El 9 % de la población viven en condiciones de pobreza con un ingreso menor de 2 dólares diario. Desde el inicio, mi trabajo trató de potenciar que la gestión pública incorporara a la comunidad en las decisiones de gobierno a partir de la deliberación pública en el Cabildo, en talleres de planeación y en comités consultivos. Al participar la comunidad se hicieron notorias las asimetrías en los intereses y demandas de los diferentes grupos sociales y económicos a los que se adicionaron los planteamientos en la defensa del interés público por la preservación del medio ambiente.

Buena parte de mi gestión estuvo también en la optimización de la administración de los recursos y el mejor aprovechamiento de los ingresos en beneficio de la comunidad. Mi contraparte, el tesorero, hoy fallecido, alternaba dichas funciones oficiales, regenteando el “Table Dance” más importante de la isla, llamado Caribean Queen. Por lo tanto, sus ocupaciones de gobierno finalizaban a una determinada hora de la noche en donde su oficina se trasladaba a un salón situado a las afueras de la zona urbana en donde las finanzas municipales se transformaban en un paisaje de las Mil y Una Noches con bailarinas que se desplazaban de un lugar a otro a lo largo de una pista que en su centro tenía el típico tubo o caño donde mostraban sus fantasías acompañadas de movimientos muy sensuales al compás de diferentes tipos de música. Estos lugares tienen su origen en los burlesques de los años 30´s y 40´s donde trabajaban mujeres que se sentaban junto al visitante y lo incitaban al consumo de bebidas por medio del cachondeo conversacional. Hoy los bailes que realizan son más provocativos y consisten en ir desnudando el cuerpo poco a poco al ritmo de alguna melodía que se complementa con una pequeña actuación sobre un escenario frente al cliente.

Ya cuando el gobierno municipal estaba concluyendo, allá por mediados del 2005 y había que cerrar los números y la cuenta pública, la pulcritud administrativa de mi amigo tesorero no era realmente un modelo teórico de los principios rectores de la teoria de Kootz-Odonell. Por lo tanto, parte de sus respaldos contables, eram custodiados celosamente en “sus oficinas alternativas”. Es así que, durante más de dos meses, todas las noches, me tocó la tarea de visitarlo en su Table Dance en donde en una mesa ubicada en un rincón del salón, con una laptop en mano y una calculadora en otra, revisábamos partida por partida, tratando de respaldar cada número de la cuenta municipal que debía mandarse para su aprobación al Congreso del Estado.

No hay duda que ese cuadro compartido cada noche era un reflejo tropicalizado del mejor estilo de Toulouse Lautrec en el Moulin Rouge. Las chicas al verme ya me llevaban a mi mesa reservada en donde una extensión eléctrica me permitía enchufar mis elementos de trabajo. Me ofrecían una cerveza o una gaseosa, ya que tenían la instrucción del patrón de que iba a trabajar y no a divertirme, con lo cual nadie se aventuraba a ofrecerme ningún tipo de servicios o cierre contable con final feliz.   Conocí Celestes, Yessicas,  Xiomaras, Esmeraldas, Paris y Abriles, nombres tan falsos como deslumbrantes. Escuché sus lamentos, nostalgias, estados de ánimos o confesiones íntimas. Todas llevaban un vestuario diferente, pero al mismo tiempo similar en cuanto a lo provocativo, es decir, de vaquera, con baby doll, de colegiala o enfermera acompañado de zapatos trasparentes con tacón de aguja y plataformas de más de diez centímetros, medias de red o lisas, algunas con pelucas y otras con sombrero. Eso sí, todas con brasier, tanga o short. Según las buenas costumbres insulares no se permitían exhibiciones totalmente desnudas y las bailarinas se quitaban la prenda superior conforme iban bailando para quedarse finalmente en tanga o con una sugestiva prenda que en el momento final del baile le acercaba un colaborador para taparse. Otra característica que siempre me llamó la atención en ellas fueron sus miradas, reflejo de distintas emociones o frustraciones, tales como afecto u rechazo, de la misma forma que podían inspirar sensualidad o indiferencia. Cuando se subían en las plataformas que se encontraban a los lados del tubo ubicados en el centro del salón, se convertían en las estrellas fugaces de la noche para luego volver a la oscura realidad de sus vidas.

Meses más tarde el Caribean Queen fue cerrado por el gobierno municipal entrante. No por un tema de moralidad sino de intereses propios de las nuevas autoridades para preferenciar nuevos socios. La cuenta pública fue aprobada al cabo de algunos meses por el Congreso y los órganos de fiscalización. La administración salió limpia de su manejo de fondos, pudo comprobar y respaldar todos sus números.  Mi amigo el tesorero, añoró hasta sus utimos dias de vida, esos tiempos de sus negocios rentables, yo recordando aún esa anécdota del folklore caribeño que me tocó vivir y las chicas o ya no tan chicas, seguramente seguirán bailando en algún otro lugar de la “vereda tropical” llevando su producto cultural que logre transmitir al espectador, el placer de un mundo que se forma entre lo real, lo imaginario y lo bizarro.

Por lo menos así lo veo yo.

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