COLUMNA Punto de Reposo
Por David García Velasco.
La comunicación política hoy es un simulacro. Lo que antes era estrategia y oficio, hoy se ha degradado a una pereza informativa vergonzosa. Tenemos direcciones de comunicación llenas de personajes que solo cobran por calentar una silla y reenviar boletines que nadie pidió y, mucho menos, alguien lee.
El colmo del cinismo es el abandono del monitoreo básico. Ya no analizan qué se dice ni cómo se percibe la gestión; ahora el vocero, con una desfachatez increíble, te aborda con un cínico, “me mandas el link”. Se han convertido en simples gestores de archivos adjuntos, ignorando por completo que su verdadera función es ser el puente real entre el poder y el ciudadano. Sin embargo, la culpa no es solo del que no sabe, sino de quien los mantiene ahí por pura amistad o compadrazgo, sacrificando la eficacia por el amiguismo.
Es alarmante la ausencia de socialización de los temas públicos. Esas charlas de café, donde se desmenuzaba la agenda y se explicaba el fondo de las decisiones para que el periodista pudiera transmitir información de valor, son ya piezas de museo. Hoy, el vocero se limita a presionar un botón de envío masivo en un grupo de WhatsApp, creyendo que con ese clic cumple su función.
En lo particular, han pasado años desde que un responsable de comunicación tuvo la iniciativa de convocar a periodistas para hacer un análisis serio sobre temas de relevancia.
Estos despistados desconocen que la comunicación social no es administrar una página de Facebook ni comprar likes para inflar el ego del jefe. Comunicar es socializar temas y explicar la gestión pública con sentido humano.
Mientras se siga privilegiando el compadrazgo sobre la capacidad, seguiremos teniendo jefaturas de boletines en lugar de verdaderas vocerías. Al final, el que pierde es el ciudadano, que se queda con un político encerrado en su burbuja y un vocero que no tiene la menor idea de dónde está parado.

