OPINIÓN | Por David García.
En política, el poder no es más que un espejismo que distorsiona la realidad. He visto a demasiados transformarse al cruzar el marco de la puerta de una oficina pública; se vuelven rígidos, soberbios, convencidos de que el puesto les pertenece por derecho divino y no por un préstamo temporal de la ciudadanía. Por eso, cuando alguien rompe ese molde, no solo es digno de nota, es obligatorio analizarlo.
Conozco a Cristian Jiménez desde hace años. Hoy coordina el enlace de comunicación en el sur de Quintana Roo, un encargo históricamente ingrato donde se debe ser puente entre el poder y un gremio de egos complejos. Mientras la mayoría de los funcionarios eligen el búnker, el silencio o el muro, Cristian parece entender una verdad fundamental, los puestos son de paso, pero las alianzas son para siempre.
Lo observé hoy en un evento —un ejercicio de observación que practico con frecuencia—. Mientras otros saludan con el cálculo frío de la conveniencia, él entrega el abrazo de quien sabe escuchar. La verdadera comunicación política no reside en un boletín inerte ni en un tuit institucional; vive en el gesto humano. Mientras muchos funcionarios se esconden tras secretarios o respuestas ensayadas, el “¿Cómo estás? ¿En qué te ayudo?” de Cristian funciona como un mazo que derriba el muro de la soberbia. Él entiende que la política es, ante todo, el arte de tender la mano y no el vicio de levantar la voz.
Es refrescante encontrar a alguien que no se marea en el «ladrillo» del cargo. En un sistema que fabrica arrogantes en serie, su sencillez emerge como una anomalía necesaria. Él sabe que el respeto no se impone con un nombramiento; se cultiva con la atención y la palabra cumplida en la penumbra de los pasillos, lejos de los reflectores y el aplauso fácil.
Al final, nada es más peligroso que olvidar que las luces siempre se apagan. Tarde o temprano, todos vuelven a ser ciudadanos de a pie. La sencillez no es una debilidad de carácter; es la mejor estrategia de supervivencia para quien no quiere caminar solo cuando el poder, inevitablemente, se termine.

