Cada mañana, como periodista, me dedico a monitorear los medios de comunicación más destacados del estado y del país. Mi objetivo es mantenerme al tanto de lo que sucede en nuestro entorno, pues considero esencial tener el pulso de los eventos que impactan a nuestro estado. Desde ayer, la noticia de la muerte de un niño de 12 años por una bala perdida en una playa de Cancún ha sacudido profundamente mi conciencia y debería conmover a todos los que valoramos la vida humana.
La noticia de la tragedia se ha propagado rápidamente por las redes sociales y los medios de comunicación nacionales e internacionales. Aunque cada medio le ha dado su propio enfoque, todos coinciden en el horror y la injusticia de que un niño inocente haya perdido la vida de manera tan violenta. Sin embargo, lo más alarmante es la indiferencia y la normalización de la violencia por parte de los responsables de la seguridad pública en nuestro estado.
No podemos tratar este caso como un hecho más de violencia. No es suficiente que la Fiscalía General del Estado emita un escueto comunicado en Twitter diciendo: “Investiga FGE Quintana Roo homicidio calificado contra un menor en Benito Juárez”. Este gesto superficial no resuelve nada y, desde luego, no devuelve la vida al niño que solo estaba disfrutando de un día en la playa junto a sus padres. Tampoco proporciona seguridad a los millones de turistas que visitan Cancún, un destino conocido mundialmente por su belleza y atractivo turístico.
La realidad es que la violencia y el crimen organizado se han apoderado de nuestras calles y negocios. Como periodistas, muchos de nosotros hemos optado por no escribir sobre estos hechos, ya sea por temor a represalias o por seguir las sugerencias de nuestros colegas de evitar cualquier nota relacionada con violencia, actualmente ser periodista en México es mucho riesgo. Nos hemos conformado con repetir las versiones oficiales proporcionadas por las autoridades, perpetuando así un ciclo de silencio y complicidad.
A pesar de las inversiones históricas en seguridad pública por parte de la administración actual, los resultados no son visibles. Se han destinado millones de pesos a patrullas, mejoras salariales para policías, infraestructura de vanguardia, cámaras de seguridad y vehículos especiales para patrullar las playas, incluso la adquisición de un nuevo helicóptero. Pero, ¿dónde están los resultados? ¿Por qué seguimos viendo tragedias como la muerte de este niño?
Es urgente que los responsables de la seguridad pública y los encargados de la comunicación gubernamental reconozcan la magnitud de este problema. Los invito a que realicen una búsqueda en Google con las palabras: “NIÑO DE 12 AÑOS MUERE POR BALA PERDIDA EN CANCÚN” y vean por sí mismos el impacto mediático de este trágico evento.
Lo más preocupante es la respuesta de la Fiscalía General del Estado, que en su comunicado oficial subraya que “los integrantes de la familia afectada son de nacionalidad mexicana y radican en este municipio”. Como si la nacionalidad del niño disminuyera la gravedad del incidente. Este enfoque insensible solo añade indignación a la tragedia. Imaginemos por un momento la reacción internacional si la víctima hubiera sido un turista estadounidense; probablemente estaríamos enfrentando advertencias de viaje por parte de la embajada de Estados Unidos, y ya tendríamos al FBI llamando por teléfono a la calle 22 de enero desde el primer minuto.
Hasta las organizaciones delictivas más despiadadas tienen códigos y principios que, en teoría, deberían proteger la vida de los civiles inocentes. Este trágico suceso es una clara violación de esos códigos. Es hora de que las autoridades de seguridad pública muestren mano dura contra los responsables, sin excepciones, y restablezcan el respeto por la vida humana.
No podemos permitir que la violencia se normalice en nuestro estado. Es hora de que las autoridades tomen medidas efectivas y de que nosotros, como sociedad, exijamos justicia y seguridad. Un niño de 12 años ha perdido la vida. No permitamos que su muerte sea en vano. Es momento de actuar y de cambiar el rumbo de nuestro estado antes de que más vidas inocentes se pierdan en la violencia que nos acecha diariamente.

