Por Gustavo Ferrari Wolfenson
El lapidario anuncio de Daniel Ortega dictaminando que «aquí no volverá a haber elecciones» en Nicaragua ha provocado las predecibles alarmas de la comunidad internacional. Sin embargo, un análisis de escenarios desapasionado revela una lectura distinta: más que una demostración de fuerza monolítica, sus palabras huelen a una calculada bravuconada. Ortega no le habla al fantasma del imperialismo; le habla a una oposición en el exilio profundamente desunida, una disidencia dispersa que ha sido incapaz de reaccionar de forma conjunta durante años de dictadura para ofrecer una alternativa seria y articulada al pueblo nicaragüense. El autócrata se crece ante el vacío de sus adversarios, y es ahí donde el verdadero valor de la observación política radica: en saber descifrar la debilidad del oponente antes de que caigan las máscaras.
Esa fijación por descifrar el fondo del poder comenzó para mí hace décadas. Corría el 25 de mayo de 1973 en el entonces Distrito Federal. Mi padre era el representante de las Naciones Unidas para México, Cuba, República Dominicana, Haití y Jamaica. Yo, a mis 18 años, conseguí mi primer empleo en la Embajada Argentina. Mi tarea era monótona pero reveladora: recortar periódicos por sextuplicado y clasificar las noticias según un tabulador de la Cancillería. Así comenzó mi romance con la prensa escrita y el análisis político.
Aquel México de los setenta, profundamente politizado, se leía en tinta. Conocí los estilos de una era dorada: el Excélsior de Julio Scherer, con figuras como Mauricio o Sansón Radical, Hernando Pacheco; El Heraldo con las crónicas de Castillo Pesado; las investigaciones de Manuel Buendía; el Novedades(bautizado con sorna como «No Verdades»); El Día con Rodolfo Puiggros; el Diario de México, dirigido por el expresidente Emilio Portes Gil; los conflictos gremiales de El Universal; y las crónicas de Vicente Leñero. Eran plumas brillantes que llenaron de narrativa esa década. El papel de los intelectuales en la prensa mexicana fue digno de destacarse, especialmente por su esfuerzo para contrarrestar, en parte, el fuerte control ejercido por el gobierno sobre la información.
En ese tibio andar de la adolescencia se desnudó mi verdadera vocación. No la de periodista, oficio al que respeto profundamente, sino la de analista de escenarios. Complementé mis tareas en la embajada con estudios de economía en la UNAM, para luego meterme de lleno en las ciencias políticas y las relaciones internacionales. Me tocó la dura responsabilidad de comunicar el golpe de Estado de la Argentina en 1976 y asumir la explicación de lo inexplicable.
Posteriormente, mi maestría y doctorado en Europa coincidieron con un traslado diplomático a Cuba. La consigna era compleja: armonizar las relaciones entre una junta militar autoritaria y un régimen que se mostraba al mundo como el ejemplo de la revolución socialista. Mis antecedentes en México llamaron la atención de la Cancillería y del entonces embajador en Cuba; consideraron que mi juventud, diálogo y flexibilidad eran el bonus ideal para atemperar una relación que no había que fomentar, pero tampoco abandonar.
Tenía 23 años no cumplidos, títulos en la pared y ninguna experiencia con países comunistas. Las palabras de mi padre al borde del avión retumbaron en mis oídos: «No te pido abstinencia, pero sí prudencia».
En la isla me tocaron los tiempos de Granma, Juventud Rebelde y Bohemia. Entre tertulias con Nicolás Guillén, Alejo Carpentier, Fernández Retamar, Haydée Santamaría y Carlos Rafael Rodríguez, y las visitas de Gabriel García Márquez y Ernesto Cardenal, aprendí a entender lo que se decía entre líneas; o mejor dicho, lo que no se decía, pero pasaba.
Tras haber trabajado en casi 45 países del mundo, confirmo una premisa básica: ningún proceso político, social o económico tiene éxito si la gente no se suma a él. La única forma de lograrlo es comunicándolo y haciéndola partícipe. No soy periodista, sino un hacedor de políticas públicas que busca involucrar a las personas.
Muchos siguen creyendo con arrogancia que una columna de opinión impresa es el detonador absoluto del cambio. Los datos demuelen esa fantasía. En México, solo el 28% de la población urbana mayor de 13 años lee el periódico diariamente. La mayoría de los diarios apenas tienen una circulación real inferior a los 50,000 ejemplares, en un país de más de 120 millones de habitantes. El impacto real ya no está en el soporte, sino en la capacidad de conectar.
Sé que tengo un estilo peculiar: directo, crítico, transgresor, analítico, pero propositivo. Quizá por eso crecí en la carrera diplomática y como consultor internacional para las Naciones Unidas en escenarios conflictivos. Al final del día, el análisis político no se trata de acumular más de 10,000 enlaces con tu nombre en Google, sino de lograr que, cuando la realidad parece irreal —como la farsa discursiva que hoy monta Ortega frente a una oposición adormecida—, los referentes del continente busquen tu visión para entender qué está pasando realmente y tomar una decisión acertada.
Por lo menos así lo veo yo……

