COLUMNA Encuadre Político
Por Carlos Barrachina Lisón
México está acostumbrado a la verticalidad en el poder. La Charola, el quítate tú, que me pongo yo. El abuso normalizado, como cuando a Ebrard le parece obvio que su hijo viva en la embajada de Londres seis meses, porque está preocupado por él.
La normalización del abuso y lo que Hanna Arendt calificó la “banalización del mal”, son dos tendencias muy arraigadas en el país. Tienen que ver con las grandes desigualdades sociales y políticas; así como con la convivencia con lo inevitable.
La visión de Arendt sobre los Nazis y su capacidad de normalizar el horror, como una tarea administrativa más, adquiere en México una nueva dimensión, que también tiene que ver con la sobrevivencia. Se normaliza el clientelismo, la corrupción y la violencia criminal porque se debe seguir viviendo un día más.
¿Cómo se puede ser oposición política en un contexto de subordinación y de normalización/banalización de la violencia, en el que el poder se impone por las buenas o por las malas?
El pueblo quiere sentir poder en su interlocutor político. Sabe que no puede cambiar las cosas y por eso hace lo que le ordenan. La última gran mentira de la clase política que la gente abrazó, con entusiasmo, fue la esperanza de cambiar las formas de hacer política con la 4T. En momentos puntuales, se puede recurrir a la épica, pero en épocas normales no.
Leía hace un rato que Andrés Manuel señalaba que no se necesitaba dinero para ganar elecciones. Unos buenos tenis, y recorrer comunidades, es más que suficiente. Eso es una verdad a medias, porque se necesita dinero para recorrer comunidades, y porque la gente espera algo a cambio, para escuchar a alguien que muy probablemente lo traicionará.
Se requiere identificar problemas reales, ideas para gestionarlos y tener voluntad de servicio. Para ello se debe conocer la realidad (en eso tenía razón Andrés Manuel) y los juniors (hijos de papá) que controlan la oposición política en todos los partidos no la conocen.
Siguiendo con el argumento de la banalización, las elites económicas piensan que saben como hacerle para cambiar la dinámica de las cosas. Empresarios y líderes criminales, ya no buscan apoyar a políticos profesionales con vocación de servicio y quieren entrarle ellos mismos al reto de gobernar. Están convencidos que pueden transmitir su éxito en la vida, a la gestión pública y reproducen sus patrones de prejuicio clasista, y de autoridad vertical sin complejos.
Así no se puede construir una oposición política, que sí requiere de recursos económicos para consolidarse, pero también de ideas y capacidad política.
El país requiere dotar de poder a la clase de universitarios provenientes de las clases populares, que se ha ido ampliando en las últimas décadas, y que conoce la realidad porque la vive.
Sin embargo, se debe romper con la tradición. Poner controles, equilibrios y reglas claras, que nos permitan avanzar y salir del hoyo democrático y social en el que estamos metidos.

