OPINIÓN | David García
Cancún no es solo el corazón del turismo en México; es el lugar donde la política nunca duerme. En Benito Juárez no se espera a las elecciones para disputar el poder, aquí se vive en campaña eterna. Aunque el calendario diga que falta mucho, las fichas ya están en posición de ataque. La pregunta real no es quién quiere sentarse en la silla de la avenida Tulum, sino quién tiene el permiso y la fuerza para lograrlo.
Hoy el menú político es variado. Por un lado, está Pablo Gutiérrez, actual secretario general del Ayuntamiento. A él le ha tocado el trabajo sucio, “domar” la ciudad desde adentro. Su ascenso no es casualidad; es la cara que el gobierno municipal muestra para sostener que las cosas funcionan, aunque cargue con el desgaste de dar la cara ante la inseguridad cotidiana y los baches que nunca terminan.
En la otra esquina aparece Pablo Bustamante, con una estrategia basada en apoyos sociales. No necesita grandes discursos —en parte porque no son su fuerte—, ya que su poder está en la calle. Como responsable de los apoyos sociales del estado, opera una maquinaria que el Partido Verde ha aceitado con precisión. Su reto no es la visibilidad, sino convencer de que es algo más que un operador y que tiene una conexión real con la gente, algo que tampoco ha logrado consolidar.
Pero en Cancún nada es tan simple. Marybel Villegas sigue siendo la gran incógnita. Tiene nombre y arrastre, pero su historial de rupturas la convierte en una apuesta riesgosa. Su paso por casi todos los partidos —solo le faltó vestir de naranja— le resta credibilidad. Ha navegado bajo intereses personales que poco se han traducido en beneficios para la ciudadanía y no se olvida que dejó tirada la diputación local, curul que terminó ocupando Luz María Beristain Navarrete tras la negativa de Marybel Villegas Canché a rendir protesta en la XVII Legislatura. En una ciudad que exige coherencia, ese antecedente pesa.
Mientras tanto, Jorge Sanén juega el papel del hombre de casa. Es el rostro de Morena en el Congreso, el guardián de las reglas internas y el interlocutor con los fundadores del movimiento. Representa disciplina y lealtad absoluta, aunque todavía sin probarse en el campo minado que es gobernar Cancún.
La verdadera pelea no será contra la oposición, sino entre ellos mismos. La alianza Morena-Verde luce sólida en las fotos, pero por dentro se disputa cada espacio. ¿Pesará más la operación de Pablo Gutiérrez, la estructura de Pablo Bustamante o la obediencia y lealtad de Jorge Sanén?
¿Y la oposición? Bien, gracias. PAN, PRI y aliados se han convertido en espectadores sin figuras, sin fuerza y sin ideas. Esperan, desde afuera, que alguien tropiece.
Al final, Cancún no elegirá al más carismático, sino al que cause menos problemas al poder. Porque aquí la candidatura no es un premio, es una prueba para el 2030. Y quien no entienda que esta ciudad no perdona la improvisación, corre el riesgo de perder mucho más que una elección.

