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Dorita y las seis letras de amor

COLUMNA Por lo menos así lo veo yo

Por Gustavo Ferrari Wolfenson

Hoy 5 de mayo es el cuarto aniversario de la partida de Dorita, mi madre.  Tenía 95 años. Nacida en el seno de una familia empresaria, de esas de costumbres tradicionales, rodeada de hermanos varones que imponían la fortaleza o el respeto de su género, su única cobija sentimental la fue moldeando en la figura de quien sería su ejemplo permanente de vida, su padre, quien, con su flema inglesa en sus emociones, pero intenso en su interior, la llevaba de la mano como lo que era, la princesita “Tita Pis” (por Dora Bratriz).  Educada en el colegio alemán, hasta que la gran guerra dijo basta a la enseñanza germánica, de pronto se encontró que era una analfabeta del idioma y debió con la fuerza de una tenacidad propia de su voluntad, iniciar nuevamente desde cero toda su educación primaria. Pasó por el piano, las institutrices, las capelinas de la casa Harrods y cuando las señoritas de bien estaban listas para el tiempo del matrimonio, su propia rebeldía la llevó a estudiar la carrera de notaría enfrentándose a quienes le decían “para qué”.

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Lectora empedernida de linterna bajo las sábanas, intercambiaba largas cartas con famosos escritores y poetas de la época que he encontrado entre sus cosas. Fue fundadora del Coro de la escuela de Leyes y alumna ejemplar entre sus compañeros, siempre guardó con mucho sentimiento, mitad de nostalgia y de bronca, el día que no le permitieron recibir en ceremonia pública su título profesional porque se opuso a realizar el juramento de forma en honor del dictador de turno del régimen totalitario imperante en ese entonces en el país.  Esa convicción, esa vehemencia y esa férrea voluntad de justicia, jamás la abandonaron.

Quiso el destino   conocer al mejor amigo de ese hermano mayor tan temido y elegirlo como su pareja.  Aguantó, durante años, con estoicismo, esa suerte de broma familiar de preferenciar al amigo sobre la hermana. Tuvo la bendición de concebir, con mucho amor, en forma muy seguida dos varones, una mujer y sentir que desde ese momento su mejor carrera profesional y su doctorado serian el de ser madre.

Dorita fue una luchadora por lo que quiso, por lo que se propuso y por la huella que dejaba con toda la fuerza de su pasión.  Se rebeló a que una silla de ruedas fuera mi aposento durante tres años de mi niñez producto de una parálisis de mis extremidades que padecí, desafió a su propio padre cuando decidió que el mejor camino para el futuro de su propia familia estaba en emigrar al exterior. Llenó de amor su corazón al recibir un nuevo hijo en sus entrañas y sintió que la mejor educación para ellos era la libertad de ser, de pensar, de sentir, de compartir, de vivir intensamente cada instante y de brindarse al prójimo con la propia luz de sus convicciones.  Nos dio la cuerda, nos dejaba volar pero cuando había que tirarla, solo una mirada bastaba para poner límites a cualquier desenfreno.

Gran parte del continente americano la tuvo como madrina, nana, consejera, madre putativa y amiga. Desde las indias zapotecas, los mixes, triques, tainos chorotegas, mayas y miskitos, fueron sus compañeras y testigos de sus propias ceremonias religiosas. Durante años,  radioaficionados perdidos en leprosarios o en la selva amazónicas, en redes de emergencia o en sus camas ortopédicas,  navegaron por el éter y dialogaron todas las noches con ella, en busca de  esa voz amiga que acompañaba sus soledades. La palabra mamá Dorita sigue hoy sonando en la garganta y en el corazón de aquellos adolescentes que hoy ya se han convertido en profesionales, empresarios, diplomáticos, , políticos, banqueros y hasta príncipes, reyes y presidentes de la Republica. Nunca nadie sintió la necesidad de establecer una distancia agregando la palabra Señora o Doña, simplemente las sólo seis letras de su nombre encerraban toda la fuerza de su ser, del respeto, del cariño y de la presencia.

Cuando pensaba que era tiempo de empezar a cosechar su siembra, en una mala jugada del destino, la vida le arranco de raíz su obra más bella de arte, su única hija mujer.  Asumió, con resignación, dolor, pero aferrada a los recuerdos y sin olvido, los años venideros. Buscó desesperadamente reencontrarse con sus afectos de joven, con sus fuentes, con sus propios desafíos. A los 70 años regresó a las aulas universitarias para abrazar la carrera de museología, de la que se graduó con los honores del tiempo. Se reencontró con la vida estudiantil de los exámenes, de las monografías, de los fines de semana de estudio en grupo  y  hasta descubrió y evolucionó ante ese nuevo fenómeno, tan ligado con el arte, el significado de lo asexuado. Se convirtió en amiga y consejera de estudiantes con romances cortados, de parejas disparejas, conoció los códigos de sus compañeros del tercer sexo  y jamás se espantó de aquellas cosas ”que las chicas o señoras de sociedad no tenían que ver ni saber”.

Vivía informada de  cada noticia política, económica, social,  cultural que estaba sucediendo en este momento en cualquier parte del mundo, no importa el lugar, ni  la lejanía. Se inscribió en la IBM para estar en sintonía con las nuevas tecnologías y fue la principal usuaria de la computadora para continuar con ese mandato divino, que es el de estar presente, ahí, en el mismo instante, más allá de la distancia y del tiempo.

Su papel de mujer, compañera, secretaria no rentada, esposa y madre de una persona como mi padre en su carrera diplomática,  creo que merecen un capítulo aparte. Los constantes largos viajes  jamás dejaron, ni permitieron,  sentir el vació de la ausencia.

Hoy Dorita cumple 4 años que se nos fue. Partió cuando ella misma dijo “ya no puedo más”, aferrada a la misma voluntad de sus convicciones, sintiendo que su mejor función ya estaba dada.

Siguiendo sus enseñanzas, las fiestas, los cumpleaños hay que celebrarlos en el momento en que estamos juntos, más allá de las coincidencias o no con las  fechas. No hay que esperar un día del calendario para expresar los sentimientos, la presencia, la ausencia y el amor.

Qué puede decir un hijo de una madre cuando la veo, siento, vibro por esa voluntad férrea que me transmitió en sus convicciones de que nunca debe haber  espacio para bajar los brazos.  Recuerdo lo que me dijo el día que me despidió para lanzarme a la vida:” Acuérdate que no crie cobardes, pero siempre tendrás un lugar donde estará tu casa, tu cama y tu comida”. Qué más puede expresar un hijo cuando en todo momento palpita en su corazón cómo se construyen castillos en el aire, convocando al duende de las cosas, que tiene mucho que ver con la magia, el color y el amor.

Felicidades hoy y siempre Dorita. Yo me siento tranquilo y con la dicha de que a través de tus ojos siempre tendré un cielo donde mirar. Un beso muy grande y mi amor. Gustavo

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